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Ajedrez en la plaza: La Colgada recupera el juego libre y el espíritu de barrio en Villa Ortúzar

La Colgada, ajedrez en Villa Ortuzar
Nacido tras la pandemia, este club de ajedrez informal reúne cada domingo a vecinos de todas las edades en la Plaza 25 de Agosto. Sin torneos ni presiones, promueve el aprendizaje, el encuentro y la tradición del ajedrez al aire libre.

Por Juan Manuel Castro

“Este es el lugar clásico de formación”, destacan en La Colgada, un club de ajedrez informal que fomenta el juego libre en plazas y parques. Nacido hacia el final de la pandemia, tuvo sede en el Parque Saavedra y también en bares de Belgrano. En la actualidad reúne a un gran número de jugadores de todas las edades y niveles en la Plaza 25 de Agosto, en Villa Ortúzar, delimitada por las calles Giribone, 14 de Julio, Charlone y Heredia.

“Históricamente, en Buenos Aires y en todas las grandes ciudades existía el ajedrez de parque. Cada parque o plaza tenía su grupito fijo: era como el potrero. Estamos recuperando esa tradición, con el juego libre, aprendiendo y disfrutando”, señalan sus impulsores.

Al atardecer de los domingos se inicia el ritual. De a poco llegan, a pie o en bicicleta, los integrantes de La Colgada. El sitio elegido es el camino con mesas de cemento que da a la calle 14 de Julio, entre los dos patios de juegos. Llevan sus tableros, piezas y relojes; también mates y algo de comida para compartir.

Ajedrez en Villa Ortuzar
El clima oscila entre las risas de camaradería y los silencios de infinita concentración. Es como estar en un club de barrio, pero a cielo abierto y de forma itinerante. “La gente se siente parte de esto, se siente convocada. Por eso trae sus propias herramientas: es una forma linda de decir que se sienten bien con lo que está pasando”, reflexionan.

Desde La Colgada invitan a que la gente se acerque y comparta unas partidas, sin la presión de ganar torneos ni de “gustar, golear y ganar”. Es un espacio en el que confluyen vecinos de distintas generaciones, con diversas formas de apreciar y vivir esta disciplina. “Acá simplemente tengo que jugar, no pensar si quedo último en la tabla”, contraponen.

El creador y organizador principal del proyecto es Melvin, vecino de Villa Ortúzar que vive a pocas cuadras de la plaza. Su vínculo con el ajedrez viene de toda la vida. “Me enseñó mi abuelo”, cuenta. Durante la pandemia profundizó su dedicación al juego y comenzó a pensar cómo generar espacios de encuentro cuando las restricciones empezaran a aflojar.

Ajedrez en Villa Ortuzar
El primer paso fue en el primer semestre de 2021, en el Parque Saavedra. Luego organizó un torneo en Belgrano y llevaron adelante una residencia de un año en ese barrio. Más tarde pasaron por Villa Crespo y nuevamente por Belgrano. Hubo un parate y entonces Melvin decidió volver a empezar a fines de febrero, esta vez en Villa Ortúzar, cerca de su casa.

“Vivo a cinco cuadras. Pensé en hacerlo acá, que no sirva solo para jugar, que sea una red social. Que alguien hable y se entere de lo que hace el otro, que se genere una sinergia”, explica. Así nació la versión actual de La Colgada en la Plaza 25 de Agosto.

La modalidad propuesta retoma la tradición porteña, en sintonía con el espíritu del club de barrio. “Históricamente, en Buenos Aires y en todas las grandes ciudades el ajedrez sobrevivía a través del ajedrez de parque: Parque Rivadavia, Barrancas de Belgrano, Parque Lezama. Todas las plazas tenían su grupito fijo, era como el potrero”, señala Melvin.

En las décadas del 70, 80 y 90, esos espacios eran verdaderas escuelas abiertas. Con el cambio de siglo, muchos se fueron perdiendo. “De alguna manera estamos recuperando esa tradición milenaria del juego en la plaza”, agrega.

En La Colgada no hay un torneo fijo cada domingo: la esencia es el juego libre. “Acá se aprende y se comparte. Cuando tenés la obligación de competir, estás con otra mentalidad. Mucha gente se siente inhibida por un torneo. Acá no vas a salir último en ningún lado: simplemente jugás”, resume Melvin.

Esa lógica más relajada favorece la participación femenina y la presencia de chicos, algo que no siempre es habitual en el ajedrez competitivo.

También es un espacio para tomar confianza e ir por objetivos concretos, paso a paso. Es el caso de Juan, vecino de la zona y uno de los asistentes frecuentes. “Aprendí a jugar de chico y no volví hasta la pandemia. Me enganché con un grupo de ajedrez de la facultad. Empecé virtual, con profesores. Ahora juego torneos, tomándomelo en serio”, cuenta.

Su objetivo fue claro: obtener el ELO, el ranking oficial que mide el rendimiento en competencias. “Fui a un torneo y lo saqué. Son pequeños logros para seguir sumando puntos”.

Juan fue alumno de Melvin y, a través de él, se integró a un circuito de torneos en el que participa desde hace dos años. “No me sentía preparado para ir a los torneos, pero me animé a venir al grupo. El nivel es muy variado y eso está bueno. No es un lugar donde dos o tres se llevan puestos a todos. Podés elegir con quién jugar. Lo recomiendo: ya traje a varios amigos aficionados. Es el lugar indicado”, asegura.

Leonel, por su parte, tiene una historia más extensa con el ajedrez. Empezó en la primaria, cuando su mamá lo anotó en un taller escolar. “Me atrapó de entrada. Entablé una relación muy linda con mi profesor. Años después me lo crucé y le agradecí, porque sin él no estaría acá haciendo lo que más me gusta en la vida”, recuerda.

De chico pasó a competir con alumnos mayores, empezó a sentir la adrenalina de la competencia y llegó a participar en un torneo nacional por escuelas en 2001, donde su equipo obtuvo el puesto 13 entre 150 instituciones.

Conoció a Melvin a través de un flyer en Instagram, cuando se organizaban torneos en un centro cultural. “Me quedaba cerca, fui a ver qué pasaba y me gustó el ambiente. Después lo seguí a otros lugares y ahora lo acompaño acá”, dice. Su invitación es clara: “Que se animen. Más allá del nivel que tengan, pueden venir. Es un lugar amistoso, tranquilo y abierto. No solo para jugar, también para aprender y conocer gente”.

La Colgada también tiene presencia en redes sociales y un grupo de WhatsApp donde se comparten fechas y novedades. Esa combinación entre lo virtual y lo presencial potencia el proyecto. “Pensábamos que podíamos jugar solos online, pero estar con alguien enfrente, saber que el domingo vas a encontrarte con otros, te estimula a mejorar”, reflexiona Melvin.

De cara al futuro, el objetivo es sostener el espacio dominical. Si el frío aprieta, buscarán algún lugar cubierto. La idea es que la plaza sea el punto de partida de otras iniciativas: clases, grupos de estudio y vínculos que se consoliden más allá del tablero. “Lo que más me interesa son los encuentros. Es un club social”, define.

La Colgada nació hacia el final de la pandemia, en tiempos de encierro, incertidumbre y virtualidad. Hoy funciona como un potrero donde mejorar las jugadas y afinar la estrategia, pero también como un espacio de disfrute colectivo. En Villa Ortúzar, el ajedrez volvió a la plaza y, con él, una forma de comunidad.

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