Una historia de arte, memoria y familia. Tras años en la sombra, más de 400 obras del artista Billy Waller salen a la luz en El Galpón (Cochrane 3140), un espacio íntimo y barrial que propone habitar el arte desde el encuentro y la calma.
Por Juan Manuel Castro
El Galpón, ubicado en Cochrane 3140, es una joven galería de arte y, a la vez, un acto de amor filial y una apuesta por la cultura barrial en el corazón de Villa Pueyrredón. Gestionado y curado por María Waller, el espacio se convirtió en el lugar donde las más de 400 obras de su padre, el artista Billy Waller (1964-2025), finalmente encontraron un techo donde respirar. Durante años, ese tesoro visual permaneció en penumbras, esperando su momento.
Al cierre de esta edición, El Galpón (ArteBillyWaller) se preparaba para recibir visitantes los sábados de abril y mayo de 15 a 19 con la exposición “Hubo ruido y su forma aterrizó acá”, una retrospectiva de la forma en la obra de Billy, curada por Lucía Ramundo y la propia María.

“La obra de papá estuvo guardada desde el 2015 en el altillo de casa y la casa de mis tíos. Ya habíamos empezado a hacer algunos de los trabajos de conservación y catalogación, como sacar fotos o numerar las obras, pero al no tener un espacio de guardado en donde poder maniobrar cómodamente, era difícil. Son cuadros muy grandes”, explica María sobre este proyecto asentado en Villa Pueyrredón, a metros del paso de las vías del tren, en medio de la calma local.

Un destino en el barrio
La idea de un lugar propio daba vueltas en su cabeza, pero como las cosas que valen la pena, necesitó su tiempo de maduración. Cuando el local de la calle Cochrane quedó disponible, María no tuvo dudas. A pesar de las voces que sugerían que una galería de arte “debía” estar en polos culturales y turísticos como Palermo o San Telmo para tener visibilidad, ella eligió la identidad de su zona.
“Recibimos comentarios sobre cuánto más nos convenía hacerlo en zona céntrica, donde funcionan otros espacios culturales. Pero yo me imaginaba un lugar propio. Un lugar alejado del centro en donde no haya que ir necesariamente a un ritmo urbano y avasallante. Quería armar un espacio que no siga modas, sino que se lleve adelante porque se cree en eso que se hace”, afirma con esa convicción serena de quien sabe que el arte no necesita de luces de neón para ser profundo.

La transformación de un galpón industrial en un espacio de exposición fue, para ella, un proceso “bárbaro”. No solo por el desafío arquitectónico, sino por lo que significó el movimiento interno de sacar la obra a la luz. “Es muy estimulante la transición entre tener 400 obras guardadas a empezar a ver qué exponer, cómo, por qué… diseñar el espacio, trabajar con otros profesionales de quienes aprendés”, relata.
Para María, hay una verdad fundamental que guía el proyecto: “Las obras fueron hechas para ser vistas, no para estar guardadas. Y que ahora haya un espacio en donde puedan cumplir su función es, simplemente, algo muy bueno. Creo que es una manera de crear y cuidar la cultura”.
La luz del legado
Trabajar con la obra de un padre es una tarea que mezcla lo profesional con lo emocional; un equilibrio delicado entre el recuerdo y la gestión cultural. María encontró una brújula para esta tarea en la literatura, gracias a la generosidad de un vecino.
“Hace un tiempo un vecino del Galpón, Gustavo, me prestó el libro Salvatierra de Pedro Mairal, que trata de un hijo que trabaja con la obra que dejó su padre. En una parte, se describe al pintor diciendo: ‘Estaba contento con pintar su vida, no necesitaba mostrarla. Vivir su vida, para él, era pintarla’. Leer eso me ordenó. Eso es lo que hacía papá”, confiesa María.

Esa revelación le permitió entender que su misión, y la de su familia, es honrar no solo los cuadros, sino una forma de entender la existencia. “La tarea es cuidar ese legado, que no es sólo la obra, sino el modo de creer y vivir en el arte. Es difícil a veces, con los tejes y manejes del mundo y su velocidad, no sentirse arrebatado por ideas un poco exorbitantes sobre el mercado, la aprobación o la visibilidad.
Para mí, trabajar con su legado es lograr que el foco esté siempre puesto en el arte, el lenguaje y qué es lo que este aporta a las personas, a lo humano. Ese modo de ver es su legado, más que las obras incluso”.
Un archivo con alma
El orden técnico fue el cimiento de la mística del lugar. Bajo la supervisión de la conservadora y restauradora Vilma Perez Casalet, en 2024 se inició un proceso minucioso de catalogación. Interfoliado, etiquetas, armado de racks y una paciencia infinita.
“Fue un trabajo largo y agradable. Una buena oportunidad para pasar tiempo entre las obras y conocer mejor lo que había, porque muchas eran desconocidas para mí”, admite María. Esta organización no fue un mero trámite administrativo; fue el combustible creativo para que, junto a Lu Ramundo, pudieran curar la muestra actual con precisión quirúrgica: “Sabíamos exactamente qué había, dónde estaba, cuánto medía. Una buena conservación preventiva facilita todo”.
“Hubo ruido y su forma aterrizó acá”
La muestra que hoy habita El Galpón es una invitación a conocer la evolución de Billy Waller, quien inició su camino en el estilo surrealista para luego orientarse hacia la abstracción y la figuración. Su relevancia ya había quedado plasmada en 2022, cuando parte de su producción se exhibió en el Museo Benito Quinquela Martín (La Boca) bajo la muestra “Pinto porque no escribo”.
La exposición actual funciona como una retrospectiva que pone el foco en la búsqueda de la forma. “Papá era un gran dibujante y mucha de su obra es figurativa. Pero durante la mayor parte de sus años de producción estuvo abocado a las composiciones abstractas y a ‘encontrar la forma’”, explica la curadora. El recorrido viaja desde las primeras abstracciones, más contenidas y formales, hasta sus piezas finales, donde se percibe una búsqueda incansable por materializar lo absoluto en el lienzo. Es un viaje visual que parece detener el tiempo de la calle Cochrane.
Puertas abiertas a la comunidad
Para María, El Galpón no es una torre de marfil. El vínculo con Villa Pueyrredón es vital. El año pasado, el espacio ya dio señales de su vocación comunitaria con un taller de archivo gratuito dictado por la archivista Camila Orozco Demonte, donde los vecinos pudieron indagar en el concepto de archivo trabajando con obras en papel de Billy.

“Me parece que el espacio tiene que ser un lugar de encuentro, en donde se desarrollen propuestas variadas y el vínculo entre persona y arte sea recíproco. No me ‘alcanza’ con imaginar a los vecinos únicamente como espectadores”, asegura. Entre sus proyectos a futuro asoma una biblioteca de libros de arte para consulta y la repetición de los talleres hacia finales de abril.
Incluso la definición del lugar permanece abierta, como una obra en construcción: “Todavía no sé si es una galería o un espacio cultural”. Lo que sí es seguro es que el horizonte se expande. Aunque la figura de su padre es el eje, María ya proyecta diálogos entre el arte moderno y artistas contemporáneos, e incluso la posibilidad de sumar teatro a la programación.
La expectativa de María es simple y potente: “Que se genere un encuentro agradable y tranquilo. Que las personas puedan acercarse, conversar, conocer. Me gustaría que con el tiempo se vuelva un lugar a donde a las personas les guste estar”.
En un rincón de Villa Pueyrredón, entre mates compartidos y catálogos de arte, la obra de Billy Waller finalmente aterrizó. Y el ruido, ese murmullo de la creación, ahora suena con la calidez de lo que se comparte con los vecinos.

