Julio Cortázar vivió 17 años en el denominado “Barrio Rawson” de Agronomía, al que luego informalmente le legó su apellido. Nelly Schmalko, socióloga e investigadora, fue quien le compró a su apoderado, y siente que le “cambió la vida”. Ante los ataques de Milei a la cultura, le nació el deseo de transformarla en un “espacio de resistencia”. Siempre con cupos limitados y pequeños, y en fechas previstas para que no se altere el ritmo familiar, la abre para encuentros donde se realizan talleres y reflexiones acerca de la figura de Cortázar y el arte en general.
Por Mateo Lazcano
Julio Cortázar vivió entre 1934 y 1951 junto a su madre en un pintoresco departamento del entonces llamado “Barrio Rawson”. Luego, su exilio, primero voluntario y después forzado, lo llevaron a mantener una acotada presencia en nuestro país hasta el momento de su muerte. Sin embargo, pese al paso del tiempo, su espíritu vuelve a estar presente en estos tiempos, habitando la que fuera su casa en una serie de actividades que puntualmente y en forma limitada, realiza Nelly Schmalko la actual propietaria de la morada.
Los 17 años de residencia del escritor transformaron para siempre a este pequeño barrio, ubicado dentro de Agronomía, lindero con el predio de la Facultad y el Club Comunicaciones, con una frondosa arbolada y un escaso tránsito que hace que abunde el silencio. Tal fue su huella que una de sus calles (Espinoza) tomó su nombre y el propio barrio pasó a ser informalmente denominado “Barrio Cortázar”.
Nelly era una joven veinteañera en 1977, cuando regía la Dictadura Militar, y el escritor permanecía exiliado, con sus libros prohibidos. Dispuesta a comprar una casa con un dinero que le había dejado su padre, le llamó la atención un departamento situado en el tercer piso del complejo de Artigas 3246. “Valía como un monoambiente, porque tenía varias contras: no era moderno, carecía de portero o ascensor, y estaba ubicado en un Tercer Piso al que se accedía solo por escalera”, recuerda, en diálogo con este periódico.
Desconocía en ese momento que hacía más de cuatro décadas que era la vivienda de Cortázar, y que allí vivía su madre Herminia Descotte. Cercana a la cultura por su formación de socióloga e investigadora, apenas lo supo decidió ir a fondo para adquirirla. Pero la transacción se volvió más compleja de lo pensado. “Él estaba afuera y se comunicaba esporádicamente vía carta, por lo que teníamos que hacer los acuerdos con su apoderado. El asunto es que todo se dilató y debido a la inflación, aumentó mucho el valor de la propiedad. Yo no tenía más dinero, y estuve cerca de desistir”, cuenta Nelly.
Hasta que un gesto inesperado, siete meses después, pudo destrabar todo. “Le llegó a su madre una carta de Cortázar en la que él le avisaba a ella que le daría la diferencia, pero que me mantuvieran a mí el valor inicial que habíamos acordado. Así pude finalmente comprarla”, confiesa. Pasado el tiempo, dice, sigue valorando fuertemente esa actitud: “Habla de sus valores y el rol que siempre le dio a su palabra empeñada”. “Toda la historia de la transacción, con el intercambio epistolar, las tensiones y la resolución, pareció un cuento mismo de Cortázar”, agrega.
“PASÓ DE CASUALIDAD, PERO ME CAMBIÓ LA VIDA”
“Habitar desde entonces esta casa me dio mucho. Eso que pasó de casualidad, siento que cambió mi vida”, reflexiona Nelly. Después de varias décadas en las que había recibido variadas propuestas pero para no alterar la vida cotidiana familiar había preferido desistir, decidió empezar a “compartir la casa para las personas a las que Julio significa algo”.
La motivaron los ataques del gobierno de Javier Milei a la cultura, según explica. “Cuando llegó el 9 de julio de 2024, pensé que yo quería celebrar la patria, y no enterrarla como estaba pasando. Me pregunté qué podía hacer, dado que no pertenecía a ninguna organización o comunidad. Entonces me di cuenta de que tenía una casa que era patrimonio cultural, de un escritor que tanto tiene que ver con nuestra identidad, y que la mantuvo incluso viviendo afuera”, comenta.
Organizó un evento llamado “Julio por Julio”, donde se hicieron lecturas y reflexiones comunitarias sobre la obra de Cortázar, pero también sus valores, reivindicando su defensa de los Derechos Humanos, la solidaridad y la Justicia. Nelly adaptó un sector de su vivienda familiar, que conserva un mueble, una lámpara y una biblioteca que le pertenecieron al escritor, para recibir al primer grupo.
La respuesta la sorprendió. “Descubrí que éramos muchos y muchas quienes teníamos esta idea común, y que este espacio podía convertirse en un pequeño lugar de resistencia”. Desde entonces, la “Casa Cortázar” (como empezó a presentarse en redes), fue sede de talleres y encuentros sobre cultura e identidad, con la figura cortazariana sobrevolando. “Yo siento que cuando nos reunimos, él vuelve a habitar esta casa. Porque a través de lo que producimos o reflexionamos, es como que cruje, da señales, y habla”, revela Nelly.
NI UN MUSEO NI UN CENTRO CULTURAL, UN HOGAR FAMILIAR QUE SE TRANSFORMA PARA LOS ENCUENTROS
El resultado, afirma, es muy positivo. “Se logra una energía realmente única, muy vivencial, y que en muchos casos dispara emociones o invita a releer sus obras. Algunos de los que se anotan están haciendo seminarios de Cortázar, pero otros tantos no, y quedan realmente agradecidos y conmovidos. Y siento que es muy lindo poder poner la casa a disposición de ellos, compartir un rato y tener la vivencia de lo que significó este lugar para Julio y Julio para nuestra cultura”, suma.
Fuera de las actividades, que se difunden a través del Instagram (@casajuliocortazar), con cupos limitados e inscripción previa, la vivienda vuelve a ser un hogar familiar con la tranquilidad y privacidad que requiere.
“No es un Museo o un Centro Cultural, no es algo abierto todos los días para la gente. Es algo que nació como algo puntual y acotado en el tiempo y de repente dio paso a un montón de propuestas de gente que quiere organizar o participar de los encuentros. Y lo administramos como podemos”, aclara Nelly.
En el futuro, no se descarta pensar en otro marco normativo, pero como ella explica, “por ahora estamos así y se logra algo muy lindo, donde la casa te recibe y te invita a habitarla por un ratito”.
EL RAWSON, UN BARRIO PEQUEÑO PERO ATRAVESADO POR LA ACCIÓN COMUNITARIA Y LA CULTURA
El llamado “Barrio Cortázar” tiene apenas 10 cuadras a la redonda, pero en su corta extensión hay muchas experiencias comunitarias. En ese sentido, Nelly destaca que los vecinos y vecinas se movilizaron ante intentos de cambios en el Código Urbanístico, o la instalación de un microestadio en el Club Comunicaciones. También forman entre los habitantes un “nodo de consumo sustentable”, y hasta en la pandemia, se organizaban actividades culturales.
Hoy esos espacios están más reducidos, pero siguen sobresaliendo algunos. “La Feria del Productor al Consumidor de Agronomía está presente a través de su propuesta de soberanía alimentaria, y también tenemos vínculo con actividades de la Facultad. Además, el barcito Rayuela aportó sensibilidad cultural y un punto de encuentro, y recientemente se sumó una librería, El Faro, de la que estamos muy orgullosos”, concluye Nelly.

