web analytics

Don Elías Trincado, recuerdos de vida que son una acuarela de la Villa Pueyrredón antigua

Elías Trincado
Logo El Barrio PueyrredónDon Elías Trincado nació, vivió y murió en Villa Pueyrredón. Recuerdos de su niñez, en la segunda década del siglo pasado. Partícipe activo en los festejos del centenario del barrio. Recibió el premio “Vecino Participativo 2003”. Falleció a los 91 años en junio de 2012.

Por Ignacio Di Toma Mues

Queremos recordar a Elías Trincado, entrañable vecino, amigo y difusor de nuestro periódico. Me brindó su amistad. Y su casa del pasaje Estanislao Zeballos, entre Mosconi y Carlos Antonio López, fue el lugar – café de por medio – donde me contó infinidad de historias. Un entrañable cascarrabias que se hacía querer. Solía caminar con él por el barrio y, cuando algo le molestaba, revoleaba su bastón como si fuera el quijote contra los molinos de vientos.

Falleció el 9 de junio de 2012, a los 91 años. Esta historia es un reconstrucción de su vida, en base a varias entrevistas publicadas en nuestro periódico, y de los diálogos que mantuvimos durante muchos años.

Don Elías, recuerdos que son una acuarela del barrio

Don Elías Trincado nació en la primavera de 1920 en Villa Pueyrredón, en una humilde casa ubicada en Griveo 2848, entre Nazca y Terrada. Estudió en la Escuela Infantil Nº 19 para varones, en la Av. América entre Bolivia y Condarco. Hoy es la sede de la Escuela De Recuperación Nº 16 “Gral. Ing. Mosconi”.

Su padre había llegado de España en 1910, y siete años después compró el lote donde construiría la casa en aquella Villa Pueyrredón de quintas con grandes terrenos que poco a poco iba poblándose de familias, muchas de ellas de inmigrantes españoles e italianos.

Recuerdo que mi padre contaba que le mostraba a mi mamá (también española) cuando eran novios el terreno desde la avenida América (actual Mosconi) pero no podían acercarse más porque era todo barro”.

Comenzaron construyendo una pieza de madera a 40 centímetros elevada del piso, para sortear las inundaciones por las lagunas que se desbordaban los días de lluvia y desaguaban en especial hacia el arroyo Medrano.

Estaba forrada de machimbre por dentro y de chapa canaleta de cinc por fuera. “Los pisos de madera eran bien blancos, los cepillaban con agua y jabón”. Era costumbre guardar de noche los animales debajo del piso de la vivienda para que no se los llevaran los famosos “ladrones de gallinas”. La cocina estaba separada y el baño al fondo.

Su papá, junto con su hermano, empezó trabajando en los tambos que antiguamente estaban sobre la Avenida de Mayo. Luego ingresó al correo y lo destinaron como cartero a la sucursal de Villa Devoto.

En los años de su infancia comenzó el crecimiento del barrio. La Grafa (anteriormente Textil Sudamericana), el ferrocarril y la fábrica de toscanos Avanti (ubicada sobre avenida Roosvelt, donde actualmente hay un hipermercado) fueron para Elías el sinónimo del progreso en la zona.

En uno de sus tantos relatos nos decía que en las actas de asamblea de la Biblioteca Pueyrredón Sud (Bolivia y Carlos Antonio López) para 1930 ya existían proyectos que solicitaban el acondicionamiento de la calle Gavilán, que era de tierra. En ese entonces era el camino elegido por las obreras para llegar a la fábrica Avanti. “Las mujeres del barrio trabajaban en esa fábrica de toscanos. Por eso tenían las manos manchadas de tabaco”.

En 1926 la luz eléctrica alumbró la avenida América (actual Mosconi). “Le pusieron como 50 lámparas que iban desde Constituyentes hasta la avenida San Martín y cerca del año 30 la luz eléctrica llegó al resto del barrio”. Alrededor de 1928 llegó la policía al barrio. Los primeros vigilantes tenían parada en Nazca y Mosconi, Artigas y Mosconi y en la estación de trenes de Pueyrredón.

En la zona había quintas de frutas y estaba poblada de ombúes. Los policías ponían a sus caballos a descansar a la sombra de aquellos árboles. Cada quinta tenía en su jardín una planta de limón o de mandarina, jazmines y madreselvas en los arcos de alambre. “Cuando uno se levantaba por la mañana podía sentir perfumes riquísimos”, rememoraba Don Elías.

Aquel Pueyrredón, donde vivió de niño, era un gran campo con lagunas donde se cazaban ranas. Había casas bajas, con calles de tierra, cuna de tantas de las travesuras de Elías. Cuando llovía, se convertían en lodazales, y si alguien llamaba a la ambulancia, que era tirada por caballos, ésta anunciaba su llegada mediante el tañir de su campana para que los familiares acerquen al enfermo.

Los pibes de la cuadra sabían cómo hacerse de algunas frutas. Nazca era de tierra y los carros de frutas en su transitar dejaban pozos, y con la lluvia se llenaban de agua. Cuando desde un carro se preguntaba a la pasada de qué lado estaban los pozos, porque no se los veía al estar todo inundado, le indicaban el lado contrario. Si quedaba encallado, el piberío iba a buscar alguna fruta perdida, alguna sandía olvidada. “Teníamos que salir corriendo antes de que el dueño del carro nos sorprendiera”.

También recordaba al “tano” que cazaba pajaritos, los llevaba colgados de un palo. Los vecinos los compraban para hacer la famosa “polenta con pacarito“.

Una anécdota que contaba con mucha picardía (cuando lo hacía se le achinaban los ojos) era cuando hacía de “grupín” en el Mercado Del Pueblo (ubicado en la Avenida América, ahora Mosconi, al 2900, y que tenía salida por Tequendama, hoy Gabriela Mistral). El más importante de la zona.

¿Qué significaba hacer de “grupín”? En la entrada había una “rueda de la suerte”, y él – que era un niño – simulaba que había ganado, así entusiasmaba a la gente para que juegue. En el mercado por esta “tarea” le daban unas monedas con las que se compraba “caramelos”.

Entre sus recuerdos están el autódromo a la altura de la avenida General Paz, entre avenida San Martín y Constituyentes (leer nota Villa Pueyrredón y el autódromo), los paseos a la estancia de Saavedra los días domingos, el edificio del actual Museo, que era una casa con un puente levadizo, y el cañaveral que ocupaba unas dos hectáreas. “Los domingos juntaban las vacas y vendían el vaso de leche a 10 centavos”.

Y también ir en tranvía, con sus tres hermanos y sus padres, hasta Plaza de Mayo. “Era barato y lindo, las ventanas eran grandes y entraba mucho el aire”.

No podían faltar los carnavales en los clubes de barrio y las milongas en el club Sin Rumbo – con el bailarín “el Cachafaz” y su compañera Carmencita Calderón – que formaban parte de la vida social de su época. Así como las famosas “glorietas”, especie de bares en donde la gente iba a tomar algo, lugares de reunión social.

Así describía Elías a una de ellas: “Había una en Terrada y Mosconi que tenía todo el terreno de la esquina y ahí todos los veranos se ponía un escenario con mesitas y actuaban distintos conjuntos de artistas de barrio. Yo me acuerdo de uno que se llamaba Milanesa Deportiva, en el que cada miembro usaba una camiseta distinta de equipos de fútbol”.

Enrique Pereda, fundador, primer presidente de la Junta de Estudios Históricos de Villa Pueyrredón, y autor del libro “Nuestra querida Villa Pueyrredón”, fue su gran amigo. “Con Enrique nos hicimos amigos de grandes, salíamos a caminar y muchas veces hablamos de hacer otro libro sobre el barrio porque él conocía una punta de cosas que yo no y viceversa. Si hubiésemos tenido amistad de más jóvenes podríamos haber hecho un montón de cosas juntos”.

Con Enrique, y otros vecinos y vecinas del barrio, entre ellos Roberto Cirigliano, que luego presidió la Comisión de Homenaje al Centenario de Villa Pueyrredón, propusieron el 20 de agosto de 1907 como fecha de fundación del barrio. Luego de insistir y presentar propuestas al entonces Jefe de Gobierno porteño, Fernando De la Rúa, la legislatura aprobó la ley que actualmente establece esa fecha como fundacional, momento en el que se bautizó a la estación de trenes bajo el nombre Pueyrredón.

Fue uno de los más activos en la organización de los festejos del Centenario. Era su sueño, su ilusión: festejar los 100 años del barrio, y fue un sueño cumplido.

Trabajó mucho para homenajear a su amigo, fallecido el 13 de diciembre de 1998. Junto a la diputada de la ciudad, Adriana Zaccardi, presentaron en la Legislatura un proyecto, aprobado el 11 de noviembre de 2001, que declaró de “Interés Cultural para la Ciudad de Buenos Aires” el libro de Enrique Pereda “Nuestra querida Villa Pueyrredón”.

Perseverante, emprendedor, solidario, inquieto y apasionado hasta en su manera de hablar, conocía como pocos las calles, costumbres y secretos de Villa Pueyrredón. A sus 84 años recibió el premio “Vecino Participativo 2003” otorgado por el Gobierno de la Ciudad de Buenos Aires. La entrega de estos premios se llevó a cabo el 11 de junio en el Centro Cultural San Martín, en ocasión de festejarse el “Día del Vecino”.

Elías Trincado

Sandra Dosch, legisladora porteña; Elías Trincado y Daniel Bagnoli, director del Centro de Gestión y Participación 12.

En sus últimos años, ya con bastantes problemas de salud, ocurrió un hecho particular. Estaba en el Centro de Jubilados de la calle Artigas al 4800. Un asado, y como siempre, él hacía todo. Se sentó último a comer y, cuando ya estaba dispuesto a “hincar el diente” a la porción de carne, un síncope lo sorprendió. Unos días después me dijo: “Ignacio, me desperté en el Hospital Zubizarreta, no sentí nada, hubiera sido la mejor manera de morir“.

Trabajó 30 años como capataz en los talleres navales de la dársena norte. También fue tripulante de la Fragata Sarmiento y del Acorazado Rivadavia. Se jubiló por un problema de salud y empezó a hacer cosas “en y por” el barrio.

Con su caja de herramientas y su afán solidario se dedicó a brindar ayuda a los vecinos “Siempre sin cobrar un mango, me gusta ver las cosas hechas y cuando veo que la gente se pone contenta, yo también me pongo contento”. “Crecí aprendiendo a ayudar, si alguien precisaba algo se le daba una mano sin esperar nada a cambio”. Así era nuestro querido vecino, Don Elías Trincado.

Homenaje a Manuel Enrique Pereda, vecino historiador de Villa Pueyrredón

Dejar un comentario